CAPÍTULO VII

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ESCATOLOGÍA

            

1. MODELO ESCATOLÓGICO

Refiere Gombrich que el inventario de las adquisiciones del archiduque Ernesto en Bruselas menciona que en 1595 un tríptico del Bosco fue comprado para él, siendo descrito como una historia con personas desnudas, sicut erat in diebus Noe. El iconólogo dice que anteriormente ya se había sugerido que esta obra fuera la misma que el cuadro descrito en el inventario de la Kunst und Schatzkammer de Praga de 1621 bajo el título La vida impúdica antes del diluvio. Pero añade que, en su opinión, no cabe duda de que este sería una copia o una réplica del tríptico de Madrid. En sus reflexiones acerca de El jardín de las delicias Gombrich abunda en las afinidades del tema del cuadro con el episodio veterotestamentario de Noé; tiene la impresión de que en la Parte Exterior del tríptico se debe de mostrar la tierra después del Diluvio, y concluye: “si el tema del tríptico es el Diluvio, entonces la tabla central puede representar el mundo antes del Diluvio”. Con todo, ni Gombrich ni nadie dudaría que el asunto de fondo transmita, en otro plano, una intencionalidad de vigencia contemporánea, como advertencia de la cercanía del Fin del Mundo. Lo que, por ende, presupondría el anuncio de la próxima gloriosa Venida de Cristo Salvador.  …antiguamente existieron unos cielos y una tierra a los que Dios con su palabra hizo surgir del agua y consolidó en medio del agua. El mundo pereció anegado bajo el agua. En cuanto a los cielos y la tierra de ahora, la misma divina palabra los tiene reservados para el fuego, conservándolos hasta el día del juicio y de la destrucción de los hombres impíos (Pedro 3, 5-7). El mismo Sicut erat… precisa, implícitamente y prefigurativamente, una significación escatologista.

El diluvio, en cuanto crisis depurativa, significó una refundación, por eso aquí -en JD- eldía siguiente” [registro superior de P; Día IV] se encuentra al Este. Siendo este el lugar de la renovación, del re-nacimiento, conforme a la rutina gnomónica. Por tanto, como prefiguración veterotestamentaria, el diluvio aboca a una Resurrección postrera, al final de los tiempos, conforme a la Primera Alianza de Yavé con el patriarca Noé.

Efectivamente, a pesar de mostrar la indiferencia de los hombres ante la proximidad del Juicio Final, a cierto nivel de lectura, la tabla central del Jardín de las delicias se puede tomar como una versión sui generis del estado de la humanidad antes del diluvio universal porque la primera y sucesivas caídas del hombre se superponen o corresponden en un mismo esquema cosmogónico-escatológico, o siguen un “modelo escatológico” cíclico preestablecido. Por asimilación cada víspera es una repetición del tiempo cosmogónico en su “etapa crepuscular” y cada nuevo amanecer una nueva teofanía y se comprende como una etapa regenerada que comporta la postrera Alianza con Dios. De hecho la Alianza es el hito histórico que en si determina fin y comienzo de cada etapa (y por eso cada pacto solicita consiguiente sacrificio). En este sentido, toda Alianza es cosmogónica, renovadora. Cristo, según la lectura de la Iglesia, a tenor de la profecía de Isaías (55,3), a partir de la Cruz, determina la Nueva-última Era: Sellaré con vosotros una alianza perpetua. Antes de que Él viniera el pecado introdujo la muerte en el mundo (Gn 2, 17), mediante su sacrificio (Redención universal) la abolió, dándole al hombre la posibilidad de una vida verdadera y eterna. Con la venida de Cristo todas las cosas se transformaron: He aquí que hago nuevas todas las cosas (AP 21,5). El advenimiento del Mesías supera la oscura fase anterior al cristianismo (la era del error) vinculada a la Antigua Ley y la sinagoga, significando en sí la Nueva Alianza luminosa.

Las señales escatocosmológicas crepusculares, veterotestamentarias, prefiguran, en un postrero bucle del tiempo, al Último Día: En cuanto a aquel día y a la hora, nadie sabe nada; ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino solo el Padre. Como ocurrió en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre (Mt 24, 36-37). En la escatología cristiana se relaciona el fin del mundo con la destrucción del Templo (Mt 24). Ya se ha dicho, cada 3 “días” se cierra un ciclo: dos días de preludio y la manifestación al tercero. El referente adecuado para este “modelo escatológico” parece ser el de la Pasión de Jesucristo (con la metáfora de la reedificación del Templo: “En tres días lo reedificaré”…). Pero no hay que desdeñar un modelo primitivo, un arquetipo cosmogónico instituido por Dios, en el Génesis. Tal sería el periodo desde el II hasta el IV Día de la Creación (agua-tierra-astros). En el propio Génesis está otra vez, más adelante, la secuencia en tres: Diluvia, escampa y se renueva la creación (Alianza con Dios). La pauta cosmológica original concuerda perfectamente, por cierto, con la fórmula y fases del bautismo cristiano (sacramento de indemnidad para poder alcanzar la resurrección y la Vida Eterna).

En cuanto a la tesis de la utilidad arquetípica del diluvio universal en el contexto del cuadro, obsérvese cómo es perfectamente coherente con el protagonismo especial de Juan, Bautista,… mistagogo, profeta, psicopompo.

En las pautas secuenciadas del diluvio (asimiladas a descenso – caída – resurgimiento o elevación) está la clave mecánica del desarrollo escatológico de la Historia.

En los siete primeros días del Génesis se ejemplariza y modula el devenir de la Historia; pero, más extensamente, son el arquetipo de todo el Ciclo Máximo Escatológico Cristiano (o de la Creación, desde el Primer día hasta el Último)…

Para toda la Historia del Mundo debe servir de molde el periodo cosmogónico desde el primer día hasta el sexto. El séptimo, el último, Fin de la obra. Irineo de Lyon († 208) hacía un paralelismo entre los seis días de la Creación y los seis mil años que había de durar el mundo. Por lo tanto el cálculo del Fin del Mundo se haría partiendo del agotamiento de las edades, cada una un milenio…

Es que para el Señor mil años son como un solo día… (:Sal 90,4).

Hipólito (s. III) y Sexto Julio el Africano sostenían que Cristo habría nacido en el año 5500 (es decir, en el 6º milenio) después de Adán [también el Evangelio de Nicodemo, XXIX-4[1]]. Por tanto, siguiendo esta cuenta, el 7º milenio abarcaría desde el año 500 dC. hasta el 1500. San Agustín –que seguía estas cuentas- pensaba que, en su tiempo, el hombre atravesaba el 6º periodo de su existencia y que los seis periodos de esta vida no son más que un camino de preparación para el 7º, próximo a venir, en el que se producirá la Segunda Parusía o segunda venida de Dios. El “modelo escatológico” seguido en JD muestra una cierta sincronía de orden septenario, al menos, siete son los días -del IV al X- que comprende el Gran Día que va desde el Paraíso hasta el Infierno; o lo que es lo mismo, desde el amanecer hasta la noche. En JD, que comienza la era solar en el IV Día y alcanza la noche en el X, el itinerario escatológico comprende esos siete días (aunque contando desde el primer día de la creación harían diez). Se supone que el inicio del Ciclo Escatológico Máximo Cristiano (Era judaica más Era cristiana) será el primer día, en que se creó la luz; que su hipotético meridiano, “la plenitud del tiempo”, se corresponderá con la llegada de la Era de Cristo, coincidiendo con la creación del Hombre en el Sexto Día; que la “última hora”,  sucederá en el Décimo, y que, tras este cómputo del periodo escatológico, vendrá el tiempo –otro Día, que sería el XI- de la Resurrección de los muertos y del Juicio, en que comparecerá Cristo como “Sol de Justicia”,  para dar paso a un XII Día eterno, para los que alcancen la Gloria. Es decir, a los diez días computables en el cuadro, hay que añadir… ¡el final de la historia!  Un final que será conforme a la hoja de ruta escatológica convencional, los novísimos. Los hipotéticos dos días concluyentes -XI y XII- dilucidan las fases del Más Allá  (Resurrección de los muertos, Juicio Final, Gloria…).

De esta forma se podrá concluir la cuenta según el criterio gnomónico y cerrar el círculo, completando hasta doce los días escatológicos en que se extiende el plan de El Jardín: doce días, doce meses-signos: el año completo; el Gran Año.

En el cómputo de El Jardín, los Días III y X son Martes y crepusculares (lo mismo que son vísperas, vísperas del Sol, o del Sol de Justicia). Y que, puesto que ello es así, los dos días aciagos: Caída Ángeles rebeldes, Infierno, se identifican entrecruzando significados respecto al protagonismo del Mal en la Historia universal. La preponderante e intencionada simetría que ordena el retablo y el conocimiento previo del “final de la historia” con la vuelta a Dios, a la Luz Eterna, dan la pauta del desarrollo total de la narrativa del cuadro y su forma: el tríptico es circular, principio y final se identifican siguiendo las mismas pautas, pero invertidas. Los dos primeros Días (o previos al III) se equiparan a los dos últimos que serán los teóricos XI y el XII. En la práctica quiere esto decir que la Lectura Lineal que se interrumpe en el X (Parte del Infierno) debe seguir, una vez clausurado el artefacto, en la contemplación revertida del día III (similar al X) para concluir que Juicio y Gloria se asimilan a los Días II y I, por este orden. Este es el camino… de la vida, camino que vuelve “al origen”. Lectura circular, inmenso bucle[2].

Apréciese como el II Día, en que se separan las aguas superiores e inferiores, se asimila, entonces, al Juicio Final cuya consecuencia será la disgregación de buenos y réprobos.

En el eje día / noche estriba toda la trama escatológica. Por un lado está la pauta del Crepúsculo – Amanecer, y por otro, la de Tarde – Noche – Mañana (hasta el Mediodía). La primera progresión se asemeja al suceso del nacimiento (o la resurrección), como un proceso que lleva a la luz; la segunda pauta, más extensa, es finalista pues alcanza al Mediodía, que constituye la realización plena. Esta segunda está marcada por la trayectoria de descenso, caída y elevación, que es la aplicada en el ritual penitencial del bautismo; y que, además de imitar –o por reproducir- el comportamiento solar, coincide con el itinerario natural de la vida (madurez-vejez y muerte), junto con la alternativa ulterior de salvación (Vida Eterna) para el hombre.

La serie de crepúsculos / amaneceres que rige la trama histórica responde, con su estructura, a la repetición periódica del ritmo fundamental cosmogónico, constituyendo en sí un ingrediente primordial del Modelo escatológico. En El Jardín el crepúsculo antelucano (PE), el sabbat (P) y la Caverna marcan el lugar de los goznes (subrayado por los marcos del tríptico) de la serie caídas-renaceres.

El primer crepúsculo cosmogónico, “matutino”, y el último crepúsculo escatológico, “vespertino”, delimitan la Edad del Mundo. La teoría escatológica aplicada está inspirada en la comparación analógica entre las partes del día y la cosmogonía y el Ciclo Máximo cosmológico. La coherencia del sistema viene dada por el mismo arquetipo sideral.

El Modelo escatológico coincide con un esquema básico fundamentado en las pautas cosmológicas luz / tinieblas secuenciadas, como ritmo primordial. Tal secuencia proyectada in illo tempore proporcionó el modelo cosmogónico, partiendo de las causas de todo. La pauta cosmogónica, expresada en el Génesis y perfeccionada durante milenios por el pensamiento judeocristiano, ejerce de precedente arquetípico, de prefiguración y predeterminación providencialista de la historia. Esto explica y justifica la teoría de que en el desarrollo histórico se repiten los periodos esenciales de la creación conformando bucles o epiciclos que se resuelven en los momentos de la revelación teofánica (asociada siempre a la manifestación de la luz). Lo que es ya fue; lo que será, ya sucedió, y Dios vuelve a traer lo que pasó (Ecl 3, 15): ¡Nada hay nuevo bajo el sol!

En JD la cadencia de momentos nefastos asociados a las sucesivas “caídas” se establece, conforme al referido ritmo fundamental del cosmos, en correspondencia con los solsticios y equinoccios, hitos solares del año. En El Jardín los Días Nefastos III, VII y IX a X, conciernen a las caídas prescritas: Ángeles rebeldes, Pecado Original y Muerte (el X significa además la caída del Juicio Final).

La configuración cíclica de la Creación / Fin de los tiempos queda determinada por la técnica prefigurativa de carácter profético.

Conforme al esquema escatológico, tanto las fases del diluvio (refundación cósmica) como las del rito del bautismo (iniciación-iluminación) coinciden con los tres días de la Pascua de Jesús Cristo Resucitado. Son estos los tres mayores actos históricos de purificación universal, mediante redención y reparación.

La Alianza de Noé prefigura todas las posteriores de Dios con el hombre; sucesivamente, invariablemente se verificarán en un contexto de revelación. Ocasión tras ocasión se repite el mismo statu quo pernicioso del tiempo del Diluvio (III Día), al que solo sobrevive la humanidad purificada en los elegidos y por el que la Creación se renueva, tras la disolución de las formas. La alianza de Dios con el patriarca se reedita definitivamente con la Primera Venida y el sacrificio del Hijo. La fórmula al alcance de las multitudes para optar a la Nueva Vida: la inmersión bautismal en el agua, que borra el pecado original en virtud de la previa inmolación divina.

La duración de 7000 años para la Historia sitúa al año 3500 en el centro. Dado el carácter prefigurativo atribuido a los siete días del Génesis, considerando que un día equivale a un milenio, el paso del Día III al IV se revela de especial trascendencia. Los episodios que tipológicamente se le yuxtaponen en el vértice climatérico, caída de los Ángeles Rebeldes y Diluvio Universal, representan, junto con la Crucifixión, los momentos más trágicos de la Historia. Pero precisamente el cambio de la oscuridad a la luz (Sol) que representan preconiza la Venida de Cristo radiante, Resucitado, en la Pascua.

En la Parte Exterior del tríptico del Bosco se ve pintada en grisalla, con aspecto antelucano, una esfera del mundo; la Tierra primitiva es plana y en ella se aprecia una parte sólida emergente rodeada de agua, al modo de las concepciones cosmológicas antiguas. Sin duda se trata del anillo de agua resultante de apartarse las Aguas. En el cuadro estará dispuesto así para evocar de forma simultánea los efectos del mandato del III Día, y los del Diluvio Universal (prefigurado por aquel), supuestamente acaecidos en el Tercer Milenio (Metodio). Hay que tomar en cuenta el papel relevante del agua por la vinculación directa que tiene con el asunto que se esta tratando, enraizado en la iconografía concreta de JD. El agua es un ingrediente ubicuo y abundante, conspicuo,  en estas tablas.

El amanecer del Día IV significa la renovación, renacimiento, Resurrección o hierofanía, de forma similar la Alianza con Noé significó una Nueva Creación.

Al Tercer Día antelucano (Martes), útero matutino, siguen el alba y aurora del primer día solar del mundo, que es Miércoles… En la Primera Hora de ese Día se homenajea a Mercurio, su dios planeta, el pródromo de la claridad. A la mitad del dial fijo de esa jornada, en un teórico mediodía, el eje se situaría entre Géminis y Cáncer. Tal día, con el despuntar de Aries (Cordero), tendría a Libra (Juicio) en el ocaso. Así el IV Día se revelará como “el día perfecto” que honra a Cristo-Sol en su venida al mundo. Y será relevante la jornada del Miércoles virtual porque la coyuntura astral alegoriza, además, el Sacrificio y la glorificación del Juez y Salvador, en la anáfora, cual pronosticó el Precursor.

Los Días III y IV (con todo su compendio de asociaciones analógicas, episódicas, dramáticas, prefigurativas, y a resultas de variados cálculos) son las dos dovelas centrales de la Historia, cuya clave es, fue, será Cristo Encarnado, muerto y resucitado, que ha de volver. En su continuidad ascendente, el suceso climatérico representa un importante hito de inflexión en la cosmogonía, al mismo tiempo, por su reflejo renovador, en la Historia.

Dibujo III y IV

Desde el II Día se da una materialización progresiva que alcanza su colmo en el orto del IV Día. La cadencia de 2 “días” (antevíspera y víspera) y realización, resulta la misma siempre. Tal es la morfología típica de esta tragedia universal: descenso-Caída / Nueva Alianza con Dios. Con todo, cada vez que las sombras se ciernen nuevamente sobre la faz de la tierra, es como si se volviese a aquella situación inicial degradada y tenebrosa, en la noche de los tiempos.

Ya que el devenir del tiempo se repite cíclica y caleidoscópicamente -como si todo sucediera, paradójicamente, en un mismo instante-, fue también en el primer día del primer mes (judío), cuando Noé, en su séptima centuria de existencia, pudo salir del arca. Precisamente la fecha probable para el IV Día, representado como un amanecer -primavera en el cómputo del año-, sería el inicio de abril (aprire). Esta situación ideal de iluminación y eclosión se da precisamente el 1º de abril del año 1.500 (que realmente fue miércoles), cuando ya se apura el séptimo milenio.

El Séptimo Día del Génesis fue el de la Caída del Hombre.  En él Dios descansó (sabbat, “descanso”) mientras el demonio ventajista aprovechaba para tentar a la mujer con el fruto prohibido: Las consecuencias transgeneracionales por los siglos fueron muy trágicas: Pecado Original, en consecuencia expulsión del Paraíso, muerte… El Diablo vengó en el Hombre el fracaso de su rebelión del III Día, cuando él quiso ser “como Dios” (y ¿Quién como Él?). El episodio desgraciado del III Día prefigura y es la causa de los infaustos acontecimientos del Sábado en el Paraíso. En JD todo esto se refleja en la iconografía. En cuanto a los aspectos negativos del VII Día, se observa: la Poza Negra del primer término del Paraíso, plagada de bichería pululante. El Día VII, por ser Sábado, es el día de Saturno (y es el día sagrado judío). En sábado bajó Cristo muerto al limbo, como Salvador. El sábado es el día dedicado a la Virgen, cuya misión específica, la participación en el misterio de la Encarnación, supondrá el resarcimiento del lapsus de Eva, superación definitiva del Pecado Original.

A la Parte de la Caverna corresponde asimismo uno de los Días Nefastos, quedando connotada ya de entrada por su ubicación espacial próxima al Infierno.  La Mujer colocada en este espacio ctónico, tomada como Segunda Eva, Proserpina, Helena o Venus marchita, confirma su aura negativa. El efecto luz-sombra sobre el cuerpo femenino semienterrado se puede tomar como una alegoría del Juicio Final sintetizado. Los motivos de las Horas de la Pasión (Nona a Completas), el Adviento, y Juan llamando a la penitencia; todo ello incide en la conceptualización general aflictiva de la Caverna.

Una cierta secuencia cosmogónico-escatológica, caracterizada por el cambio cromático, ordena el argumento de JD tabla a tabla.  La sucesión de las Partes se dirime así: una PE de carácter arcaico-antelucano seguida en el registro superior del Paraíso por el IV Día  el Sabbat o VII Día en la zona baja del Paraíso. A continuación PC (Domingo). La Caverna presenta la disyuntiva del ocaso, ante la Muerte: salvación o prolongación de las tinieblas. Obsérvese que estos cambios de registro lumínico tienen por marcador los mismos goznes (cardos) del cuadro, o lo que viene a ser lo mismo, cierta correlación con Juan B., el del cayado mágico, puesto en los climas, y que el Juan de la Caverna (en figura) señala, expresamente, la Última Hora…

DibujoNefastos

Los Días teóricos I y II junto con los hipotéticos XI y XII, propician la tesis del “bucle inverso”, partiendo de la identificación perfecta de los días Primero y Último, protagonizados sendos por Dios Padre en su eternidad (en ambos periodos extremos no hay vida terrestre, objeto plástico de JD). El artificio logra que la estructura general, formal y conceptual, se cierre en círculo. En definitiva, se desarrolla un ciclo único universal. Todo el tiempo de la Creación conforma un Gran Annus. La Historia adquiere la forma de un esquematismo cronológico absoluto establecido y pautado conforme al modelo celestial. En este sentido el tríptico tiene una Lectura Circular (ab origine / ad origine, no infinita) asimilable al Ciclo Escatológico Máximo Cristiano.    

DibujoL  C

 Obviamente lo veterotestamentario como tipología, o más bien como arquetipo, domina los planteamientos teóricos manejados; pero el plan fundamental del Modelo Escatológico utilizado en JD probablemente se haya conformado con más meticulosidad a partir de las analogías cosmológicas, de cadencia dualista y axial, proporcionadas por la aparición y desaparición de los astros (sobre todo sol y luna): orto-ocaso, noche-día y las fases lunares, que propician la cosmización dinámica característica, dominante sobre el soporte versátil del tríptico.

El I y IV Días se asemejan, por la analogía de la Luz, y también porque ambos son “comienzos”, génesis, de la Creación; su identidad se caracteriza por ser ambos momentos de protagonismo directo de Dios. Con la particularidad de que el IV da especial protagonismo al Mesías, bajo el aspecto solar. El Día I y el XII (teórico) también se asemejarán: la luz vuelve a la luz. Las simetrías configuran un ciclo concluso, perfecto, en el que los puntos de origen y destino se confunden en esencia, como en el annus.

El estado primordial de la Creación será también el estado final…

lectura circul

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DibujoP PC ...

Para los cristianos medievales el Más Allá tiene un “itinerario” episódico y escenográfico determinado. Después de la muerte, entierro; purgatorio; resurrección de los cuerpos; Juicio; salvación o condena: por tanto, descenso-caída-elevación-Gloria; pautas ya conocidas.

Estructurado el itinerario final en Días escatológicos, para la ocasión -según JD con relación a las Horas-, resultaría:

DIA

La Hoja de Ruta es la misma de Jerusalén: tras la muerte de Jesús, el cuerpo es bajado de la cruz, después se efectúa el sepelio; el sábado Cristo desciende al limbo para rescatar a los bienaventurados; el domingo resucita.

Los días de la Pasión (viernes, sábado, domingo), tomados como una secuencia típica, han sido anteriormente superpuestos a los primeros Días cosmogónicos por coincidir analógicamente: antevíspera (II Día), víspera (III Día) y Resurrección (IV Día).

Reposicion  h

La cíclica cristiana viene servida por elaboraciones milenarias semejantes a las que influyen en las leyendas de los héroes mitológicos (cuando no son las mismas, por coincidencia o por asimilación). La pasión de Jesús en sus fases parece responder al mismo diseño que domina la historia del Diluvio, dividida en tres tiempos. El esquema está prefigurado en la cosmogonía. El rito del bautismo repite las fases conocidas. El sol en su periplo diario desciende, cae (atraviesa el lado del nadir) y resurge luego radiante por el este. Alegóricamente, el sol viaja por la parte inferior de la tierra y atraviesa los abismos tenebrosos experimentando una muerte (Cirlot). La salida del viaje nocturno expresa la resurrección y la superación del óbito.

El sol que sale. Éste es el símbolo del cristo resucitado, que de la noche de la muerte ha subido a la gloria del Padre, dominando sobre el universo. Pero el Sol naciente es, al mismo tiempo, el signo de Cristo que vuelve, el cual sale definitivamente de su ocultamiento y establece el reino de Dios en el Mundo (J. Ratzinger).

Otro aspecto interesante y transcendente de la cíclica de la Pasión está en la cronología e itinerario del Viernes Santo (día capital de la Historia Universal). La trama completa une dos crepúsculos, matutino y vespertino, pasando por todos los momentos del día. El itinerario discurre de este a oeste, como el curso solar. A primera hora se produce la entrada en la Ciudad Santa; a mediodía, la Crucifixión en el Gólgota; a Nona la Muerte; la sepultura hacia la duodécima. En la noche y jornada siguiente (Sábado-muerte) Cristo efectúa la bajada al limbo, un lugar del inframundo; al alba del otro día resucita (ciclo en tres).

En la imago mundi que representa El Jardín de las delicias este recorrido del Viernes Santo en la Pasión parece estar contemplado formando parte de la misma morfología escatológica del retablo. Puesto que resulta en todo coincidente con las pautas del Modelo Escatológico utilizado. Acaso se quiso fuera el patrón del desarrollo general de JD, tanto estructural como “teológicamente”, ya que lo es de la Historia. 

DibujoItinerario

En el reverso de San Juan en Patmos el propio Bosch proporciona el modelo iconológico circular que conviene al ordenar los pasos de la Pasión de Jesús en una serie de ocho estaciones que van desde el Huerto hasta el Sepelio. El ciclo narrativo  pone en contacto en un mismo sector del círculo las dos noches sucesivas involucradas en la tragedia.       

DibujoSacrif

                                         “El sol sale, asciende, se encumbra, desciende y se oculta en el ocaso…”

                                                                                                                                                                                                     (Axis)

Conforme a la relación simbólica Cristo-Sol, en la muerte en la Cruz se verifican las pautas solares: Crucifixión (elevación) a Mediodía, Muerte a la Hora Nona, sepultura al anochecer…, “viaje” al inframundo (noche / sábado) y Resurrección al rayar del Dies solis. Y que son también los pasos del bautismo, rito cuya finalidad es la misma que la de la Pasión, por representación.

Jesús también nace en el oscuro invierno como el sol. En la cíclica del año,  triunfará deíficamente con la llegada de la primavera:

Ciclo año

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DibujoModelo

————————————————————————————————————————– Lactra

         2. EL MARTES NEGRO.

En El Jardín de las Delicias se representa el gran drama universal… enraizado en las condiciones de la Tierra en el III Día.

En el III Día unos Ángeles pretenden la osadía de querer “ser como Dios”, es decir, dioses. La rebeldía desencadena una batalla en el cielo que remata con la expulsión de los Ángeles Malos y el triunfo definitivo del monoteísmo. Hubo en el cielo una contienda imponente, San Miguel (“quién como Dios”), abanderado del ejercito celestial, obtuvo la victoria sobre los demonios cuando arrojó de la gloria a Lucifer y a todos sus secuaces. Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, los arrojó a las cavernas tenebrosas del abismo y allí los retiene para el juicio. A partir de ahí los demonios contaminan la materia e instalan su reino en el nivel ctónico. De esta manera se sembró la discordia en el mundo. Los demonios del III Día son presentados algunas veces, como una masa de bichería luchando y cayendo del cielo. Algunos pormenores de esta lucha han sido representados por Jeroen Bosch en los trípticos del Carro del heno y Juicio Final de Viena (en ambos casos en los postigos del Paraíso). En estos cuadros se ve el detalle concreto de la Caída de los demonios sobre la Tierra, más precisamente en el agua. En El Jardín de las delicias esto, sin embargo, no ocurre o no consta, porque, quizá, en JD la alusión al episodio fatal es mucho más sutil o elíptica…

caida

Caída de los Ángeles Rebeldes. Detalle del Paraíso del Juicio Final de Viena

La lucha del III Día se reproduce permanentemente en el tiempo aunque varíe en sus especificidades o circunstancias, porque se trata, en definitiva, de la sempiterna contienda entre el Bien y el Mal. Por eso en la historia se repite constante e ininterrumpidamente. En ocasiones la gran contienda se manifiesta en batallas emblemáticas de especial tensión y transcendencia cósmica; en ese encadenamiento continuo unas situaciones prefiguran a otras y van formando como bucles en el tiempo. El mal actúa en el mundo concreto e inmediato, el Demonio está  incluso personificado y es muy peligroso. En cada época, en cada momento y lugar toma formas aparentemente distintas metamorfoseándose y mimetizándose con el medio. Muchos creyeron durante un tiempo que las brujas eran una forma actual del demonio, pero otros también señalaron a las autoridades de la Iglesia, por ejemplo. En los trágicos sucesos del III Día se fundamenta la necesidad de la venida de Cristo al mundo, para sujetar al demonio. La intervención de Cristo en la Tierra, entre los hombres, varía las condiciones preestablecidas en la dramática contienda Bien / Mal, al menos en cuanto a la posibilidad de salvación para el alma humana. El momento crucial de esta lucha de dimensiones cósmicas se dirime en la cruz mediante el sacrificio, como Dios hombre, del Redentor. Por lo tanto, este último episodio, mientras se vincula al pecado del Paraíso, remite al origen del Mal. Los acontecimientos fatales del Día VII son consecuencia del error cosmogónico.  En JD el crepúsculo antelucano tiene valor prefigurativo con respecto a los acontecimientos históricos sucesivos expuestos bajo la fórmula de “Días”; lo que en ese día ocurre se refleja paso a paso en   el Modelo Escatológico utilizado. Así, en las señales negativas del preludio se reconoce el estigma que atravesará y condicionará la historia del mundo desde los primeros momentos se observa que el Paraíso está plagado todo él de detalles maléficos, algo inusual pero que se basa en la extensión del Mal a partir del momento en que éste se incorpora a los elementos del microcosmos donde se generaliza y se reproduce continuamente.

Sabemos que los espíritus inmundos que cayeron del cielo etéreo vagan ahora entre la tierra y el cielo.

                                                                                                            Gregorio Magno

Tra caida 2

Maestro de los Ángeles Rebeldes (s. XIV). M. Louvre

La perversión de los demonios interfiere el desarrollo “normal” de la obra de la Creación desde el momento crucial y delicado de la semilla (o huevo) provocando la degeneración del proyecto y resultados.

Es relevante y pertinente la concordancia del III Día, y la Caída de los Ángeles Rebeldes, con el Diluvio Universal. Este último representa otra caída de la humanidad. Yavé, dada la perfidia de los hombres, se arrepintió de haberlos creado y decidió hacer desaparecer su especie, en medio de una catástrofe cósmica. Ensartando en serie las crisis históricas (caídas, tiempos pasados) se cree que anticipan  los sucesos escatológicos. En tiempos de Noé, Dios hizo una selección de los “justos” o elegidos, tal como sucederá, por cierto, en el momento del Juicio Final. Algo de esto se descubre en JD: en P se percibe inequívocamente el acto de creación del Hombre y en PC se escenifica la crisis de valores generalizada que precede a la última caída, la de los réprobos, a los infiernos. El lapso del Diluvio muestra, además, las pautas del Modelo Escatológico que ordenaría toda la Historia Sagrada, de forma que permitiría prever las fases estipuladas, según el plan de Dios; y, por tanto, anima a la posibilidad de decodificar y augurar el fin de los tiempos. La categorización de paradigma escatológico del Diluvio está en la mención de Mateo 24: En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Cuando venga el Hijo del hombre sucederá lo mismo que en tiempos de Noé.

La tierra después del Diluvio fue un tema pintado por El Bosco en un tríptico. El Arca de Noé sobre el Monte Ararat, está en un postigo puesto en correspondencia a la par, oportunamente, con una Caída de los Ángeles Rebeldes (Museum Boijmans Van Beuningen, Rótterdam).

La degradación progresiva que domina el desarrollo escatológico en JD es un efecto de la acción original del Mal. El tono lírico y cortés aparente de la relación de los Pájaros con los Humanos y de los Humanos entre si, de la Parte Central, condiciona la primera mirada, la mirada ingenua del observador que se complace con la empatía que le provoca la impudicia, el color luminoso y  la belleza artística, pero que no repara en la trampa del fondo ni en los detalles aviesos que acompañan y envuelven a las imágenes “amables”. De hecho, esta ambigüedad ha sido buscada. Pero no todo es tan sigiloso, como ya se ha dicho, la presencia de ejércitos, armas, las acciones atroces y el derramamiento de sangre abundan por doquier. Sobre todo en la Parte del Infierno, donde se representa la realidad, o la visión pesimista que Bosch tenía del entorno social, político y religioso, de su tiempo. Toda la panoplia criminal se representa como consecuencia y efecto del malogrado III Día. Por eso los tenebrosos Días III, VII y X se corresponden en línea, en ellos se encuadran las tres caídas sucesivas que perturban al mundo.

En la cuenta de los días de la semana en JD el III Día es Martes, día de Marte, dios romano de la guerra. A Marte está dedicado el tercer día de la semana, el martes, y el tercer mes del año se denomina marzo (de martius) por ser el de su nacimiento. Marte se manifiesta como potencia cósmica (planeta).Entre los hijos de Marte destaca Rómulo (amamantado por una loba), fundador de la ciudad de Roma.

Sin embargo, la primera ciudad que existiera fue la fundada por Caín y sus hijos. Caín, que significa “posesión” (otro: “herrero”), se afanaba con el elemento tierra para lograr sus productos (III Día). Envidioso de su hermano, más grato a Dios por la esplendidez de sus óbolos, lo mató. Por este motivo el émulo remoto de Marte fue maldito y condenado a caminar errante por los áridos parajes al este del Edén (PE). 

tablas

El III Día es Martes y el martes es el día protegido por san Antonio Abad. Día anterior al día de Mercurio (Juan). Antonio, vir dei, un personaje predilecto de Bosch, aparece como el prototipo del alma que lucha denodadamente por la salvación. En la práctica es el paradigma del luchador cuerpo a cuerpo contra los demonios (cual ángel humano, cómplice de San Miguel). El nombre de Antonio significa justamente “el que se enfrenta al enemigo”.

Marte (Ares, “virtud”) en su simbolismo positivo se aviene a la comparación con el santo: “El martes se adorna con el planeta marte, que figura la humildad y la obediencia en todas las virtudes” (Ruusbroec).

Desde el punto de vista de las correspondencias analógicas se da una estrecha correlación dialéctica entre los motivos del III Día y los del Infierno. Las mutuas afinidades se concretan en los aspectos crepusculares y las coincidencias temáticas. Tanto en la Parte del III Día como en la del X, es Martes. Dos Martes Negros en JD. Entremedias una semana, siete días, de los que el sabbat será el día central. Los capítulos del Martes abren y cierran la serie formando una simetría que identifica el principio y el final con el Día VII como eje. Las réplicas, repeticiones y retornos, abundan, reflejando sistemáticamente la constitución axial del cosmos.

Pero, a pesar de las apariencias, en el orden cosmográfico elemental, lo que se muestra en las portadas del tríptico no es propiamente el III Día sin más, sino la transición nocturna del III Día al IV Día, exactamente, un crepúsculo. Así que lo que se ve es efectivamente lo creado en el día tercero del Génesis pero con el añadido de la luz de los astros, que ya son producto del cuarto día inaugural. Ya antes de que apareciera el sol en el cielo Dios inició la creación del firmamento. La Luna hubo de ser, por supuesto, lo primero que se manifestó lumínicamente en esa noche previa al Primer Orto; de hecho, se la detecta a través del reflejo pálido sobre la Cúpula cristalina que cubre a la Tierra.

Cuando amanezca el Miércoles de gloria, Hora Prima, la irradiación solar fecundará la naturaleza con su luz y calor. El sol sale con Aries en abril (aprilis, mes que abre el año: “abren las flores”). Cristo-Sol, anunciado por Juan-Mercurio, comienza aquí su camino ascendente hacia su trono elevado sobre el mundo. Trae el Nuevo Reino, la Era de Cristo.  

La Anunciación, a través de las analogías que destila, se relaciona con la etapa crepusculina (incluso y por ello en los Oficios de la Iglesia: laudes). Su antetipo está en el mismo Génesis (cosmogonía). La Anunciación tiene relación con los acontecimientos cosmogónicos del III Día. En el acto el ángel anuncia a la Mujer, María, que va a ser madre del Redentor (el fruto bendito de su vientre que vendrá a reparar el Pecado del Paraíso): la Encarnación del Verbo tiene por objeto restaurar la ruina producida por los ángeles caídos. Así ha sido contemplado por la Iglesia.

3. SAN JUAN BAUTISTA Y SAN ANTONIO ABAD.

El crepúsculo cosmogónico o preludio del IV Día (primero solar), representa en el plano histórico una analogía con las etapas precristiana (de la Sinagoga o Antigua Ley) y la cristiana (en su total desarrollo desde la epifanía del Niño Dios hasta el Último Día). La figura de san Juan Bautista, por sus concomitancias en el simbolismo cosmológico, representa el nexo entre las dos Eras, la judaica y la cristiana. También cronológicamente (fundamento biográfico) en cuanto procede de una y precede al fundador de la otra (es el Precursor, el heraldo de Dios, por antonomasia). Él representa justamente el paso del Crepúsculo a la Aurora, incluso como “lucero del alba”, y, no en vano, ostenta el caduceo prodigioso (cedido por Apolo a Mercurio). Consecuentemente, Juan porta como atributo la antorcha que anuncia la Luz del Mundo (Juan,1). Las cualidades proféticas del Precursor se manifiestan desde la placenta. Todo ello viene a coincidir con el conocido esquema básico que ordena el resto de las analogías crepusculares (escatocosmogónicas).

Mas madera

Hay una cierta correlación entre san Juan Bautista y san Antonio Abad… Ambos anacoretas-eremitas participan en algunas notas comunes que son de interés y alcance. Los dos son ejemplos paradigmáticos de vida y acción cristianas y tienen como ámbito de su entrega la rudeza del desierto. Juan y Antonio encarnan los ideales místicos de austeridad, soledad, sacrificio, castidad, etc. Los dos, aunque cada uno de un modo distinto, inician y generan una dinámica militante de seguimiento y expansión en momentos históricos cruciales. Uno y otro son sujetos de la máxima significación crística y objeto de la mayor consideración desde el punto de vista teológico: por ser testigos y testimonio de Cristo-Verbo: Dios hecho hombre. Lo dijo Antonio, inventor del misterio de la consustanciabilidad[3], y lo dijo Juan en el Jordán, señalando a Jesús como el Mesías. Esto es crucial pues se establece que Jesús fue Dios (Trinidad; Nicea) y sostiene el misterio de la Encarnación.

Se asoció a la era precristiana (Antigua Ley) con el crepúsculo antelucano (Ruusbroec, etc.); lo mismo que se asoció al Precursor -como nuncio de la nueva etapa- con el alba de la Era Cristiana. El Precursor es la “fíbula viva que une el Antiguo con el Nuevo Testamento. Pertenece al reino de la Ley y al mismo tiempo al reino de la Gracia: ha vivido sub lege y sub gratia” (Louis Réau)[4]. Existió entre un “último día” y un “primer día”. Juan ejerce de gozne de la noche y la culpa, con la aurora de la esperanza por la Redención. Juan-Precursor-profeta incide una vez más en las pautas escatológicas, pues él actúa desde el periodo antelucano-gestante-antecristiano y es el que da la señal de la Luz venidera. La agnición de Cristo en las riberas del Jordán marca la inflexión fundamental en la persona de Jesús y es primicia fundamental de la cristología.

Antonio vivió entre los siglos III y IV de la Era de Cristo, entre las catacumbas ocultas (tumbas) y las basílicas apoteósicas, adquiriendo por ello un cierto nivel de gozne simbólico,… como Juan lo asumió de forma similar entre la era precristiana y el Nuevo Reino. Es lógico, por tanto, que en JD ambos se hallen en tándem puenteando el III y IV Días… Unidos, mediante las circunstancias biográficas, a las fases lumínicas del amanecer.

Además, en cuanto a sus correspondencias particulares con las etapas que representan, se observa que a Antonio se le ubica en el invierno (18 enero), época oscura, en tanto que Juan preside el inicio del verano (24 junio), en la plenitud solar.

goznes

Ambos son figuras clave en la configuración metafórica de un renacimiento religioso (patrocinan nueva espiritualidad, nuevas formas).

Las experiencias anacoréticas están afectadas por las condiciones rudas de los lugares inhóspitos en que se desarrollan, y éstas son similares a las que se dan en la Tierra en el III Día. La elección voluntaria del exilio y las privaciones revelan una intención penitencial que aproxima tan singular existencia, virtualmente, a ése momento cosmogónico, crepuscular, previo a la revelación. En los umbrales de la era cristiana, en la comunidad de Qumrán, Juan el Bautista y el propio Jesús de Nazaret, se retiraron al desierto para repetir las experiencias de los orígenes. Sobre todo el Bautista y Jesús buscaban encontrarse allí con Dios, vencer al enemigo e inaugurar así la plenitud de los tiempos[5]. Tal ha sido el caso de Antonio, que eligió un feudo draconiano y una tumba, en la Tebaida, para poner a prueba su fortaleza y fidelidad y dar testimonio del Verbo de Dios Encarnado. El estado de ascesis también fue imitado por el claustro (que, por cierto, origina el propio Antonio). Todo el asunto tiene su referente antiguo en el Éxodo a través del desierto, como modelo de peregrinación y cuarentena o purga, como camino y travesía de expiación hacia la Promisión[6].

El Universo, todo el cosmos, es la Casa de Dios. La Iglesia, el Mundo. Por tanto, el mundo sublunar, la Tierra entera, es el lugar de adoración de Dios. Vuelta, por tanto, al templo primordial (que es la obra creada). Esto es lo que se ve claramente en PE con la Esfera Terrestre -según la creación del III Día, poblada solo de primicias arbóreas-, en realidad diminuta ante la presencia del Creador. El proceso entraña un retorno curioso al escenario rústico, desolado y primitivo de Moisés y de los ermitaños (del gr. eremos, “desierto”). En la ascesis domina la prospectiva de alcanzar el Paraíso. Si escena quiere decir “cobertizo de ramas”, ese fue el estricto decorado de los anacoretas remotos, semejante al primer templo de Moisés.

…barraca de ramas fue el primer templo que puso Yavé sobre la Tierra para que germinara desde el desierto toda su obra magnífica.

Bosch pintó muchas veces a santos eremitas o exiliados (predominantemente al aire libre entre ruinas de templos, extramuros, en entornos ciertamente inquietantes): San Juan el Bautista, San Juan el Evangelista, San Antón, San Gil, San Jerónimo, San Cristóbal… Y posiblemente admiró a Ruusbroec (inspirador de la Devotio Moderna), que se retiró a los 50 años.

Marte (dios-planeta de la guerra) es un trasunto de Antonio por el simbolismo de inversión. Antonio, vir dei, es una inversión tácita del demonio su adversario, y es un antagonista de Marte (en griego ares significa “virtud”). El mártir era el miles christi, y esta terminología se aplicó también al viejo anacoreta. En cierto sentido el imperturbable Antonio es el guerrero de Cristo, un parapeto infranqueable contra el Mal. Pero destaca en su particular lucha no con la parafernalia convencional, sino con el poder de la fe; sin arma alguna, con solo su valor. Fue un gladiador solitario en la arena del desierto. Su vía estratégica: ascesis, sacrificio constante, entrega total a Cristo, huida del mundo; la vida solitaria y al margen de la ciudad (civitas, el imperio). El se muestra como un adalid terrenal del Miguel arcángel de los procelosos crepúsculos, rival de Lucifer; como paladín humano de la lucha contra el diablo. En el último remate será Antonio, el atleta “antidemonio” por antonomasia –por su mensaje y el espíritu que su actitud decantó- quien podrá enfrentarse y rendir al Impostor.

 ¡Ved cuántas fueron las armas de la tentación que el enemigo enfurecido empleó para herir tan invencible fortaleza [Job]! ¡Ved cuánta maquinaria de asalto empleó! ¡Ved con cuántas lanzas le atacó! Mas en medio de tantos ataques su mente permaneció imperturbable, intacta la ciudad.                        Gregorio Magno.

El asunto de Antonio y sus tentaciones no es ajeno a los sucesos capitales del Paraíso, pues es allí a la vera del Árbol donde comienza el acoso implacable del enemigo sobre la humanidad. La lucha de Antonio es ésa: el enfrentarse a las consecuencias de aquel día cosmogónico y de aquel otro día de la prevaricación y combatir al diablo.

Antonio está vinculado al aciago Día VII, el de la tentación por antonomasia. El acoso del Diablo se asocia, desde luego, al tema de las tentaciones de San Antonio. Siendo esto así, por ahora, se constata que hay ciertas relaciones del santo con los hechos de los Días III, VII y IX. Este último en el que aparece secundando a Juan. Los tres días son “crepusculares”, de caída, Nefastos. En los Días impares, negativos, oscuros, actúa con mayor libertad el Demonio. Allí es donde hace falta el espíritu “marcial” de Antonio. El caso más claro es precisamente el del Día VII, el sabbat, porque en ésa jornada Yavé descansó de la tarea de la Creación.

Aquí es donde se puede ver más claramente la relación entre los Días III y VII. El Árbol es creación del III Día; las concreciones sólidas bizarras de PE representan los vestigios anómalos impresos por el mal sobre la Tierra genuina, tras la Caída de los Ángeles Rebeldes. En el propio Paraíso abundan los vestigios de Mal.

Para los cristianos de los primeros siglos esperar el inminente regreso de Cristo significaba desear la destrucción del imperio[7].El Padre de la Iglesia ejemplarizó la oposición al siglo, rechazando la gloria del poder humano y el statu quo constantiniano, promotor del catolicismo. Antonio vivió entre las persecuciones y la legalización de la Iglesia.

Sabed que non seran ningunos del Antecristo sinon aquellos que non fueren señalados del tau, que es la cruz[8]. Los “elegidos” de s´Hertogenbosch encontrarían en el contexto histórico de Antonio, y con su idealización, ciertas afinidades con el tiempo presente.

En virtud de lo expuesto acerca de las implicaciones, en principio indirectas o más bien discretas, de san Antonio Abad en los motivos del retablo, parece ahora posible afirmar que el segundo personaje que asoma a las espaldas del Gnomon en la ventanilla de la Caverna, cerca de la Segunda Eva, sea precisamente el anacoreta de la Tebaida, por ser acólito de Juan. Pero Antonio, en todo caso, aparece en figura bajo un aspecto juvenil –algo anormal en la iconografía-. El motivo sería que así contrasta con la edad y situación de la Mujer, opuesta en la escena, y, por otro lado, pero sobre todo, contrasta con las actitudes libertinas de la masa jovial que se agita en PC. Sépase que Antonio se retiró de la ciudad, siguiendo la llamada evangélica (el Ven y sígueme), a la edad de 20 años -inicio de la juventud- para imitar a Jesús manteniéndose voluntariamente humilde, puro y casto siempre. Antonio vs. Mujer Caída, Segunda Eva, y Juventud, resalta la entereza del santo imbatible en la guerra de las tentaciones frente al vicio y el pecado. De paso, el hecho de que Antonio esté detrás del Precursor expresa y reafirma la idea de que las referencias a las vivencias concretas de Juan están ahí y también interesan. Por cierto, también Juan, como Antonio, se retiró muy joven al desierto para ejercer la ascesis y practicar la penitencia.

¿Es posible humanamente mayor antagonismo entre lo que representan y fueron estos dos anacoretas y lo que se ve en la Parte Central de JD? El contraste directo refuerza la tesis degradante sobre el estado demoníaco de la Mujer de la Caverna (en todo opuesta a los valores y virtudes que representan los santos). La escena recobra con estas aportaciones su dimensión moralista.

Como se ha dicho más arriba, el anacoretismo cristiano fue un movimiento que buscaba las condiciones simples para el encuentro con Dios, que se hallarían supuestamente en los ambientes solitarios, alejados del mundo… En parajes ignotos donde las tinieblas y el insondable cielo estrellado mostrarían un soberbio y terrible panorama, hasta el “amanecer”.

Meritoriamente situados en los altos estrados de la jerarquía celestial (véase CH), Juan y Antonio tienen sus acendrados roles de psicopompos guiando y protegiendo a las almas endelebles en su ascenso entre las esferas. Antonio en torno a la Séptima y última planetaria, la de Saturno; Juan, portador de la Gracia, las aguarda en el mismo nartex de los Cielos estrellados, presto a interceder por ellas ante el Supremo. Los dos anacoretas actúan desde los crepúsculos, en eso se parecen a San Miguel, el capitán de las huestes celestes y auxiliar en el “pesaje” de las almas.

El Cisne preside majestuosamente la noche de San Juan. A mediodía del día de San Antonio se da la misma componenda (no visible lógicamente).

Mientras persisten cruentos retazos de la magna batalla universal en el seno de la ciudad de los hombres, los dos Jano (Antonio-Juan) ubicados en los goznes equinocciales, abren las puertas del templo-imago mundi que representa el tríptico, para enseñar el camino celestial.

                                                                                                                                        Ven y sígueme…


[1] Nicodemo:… cinco mil años que debían transcurrir hasta que descendiese del cielo el Cristo

[2] Entiéndase. El tiempo terrenal traza un “retorno” a la eternidad, que no un Eterno Retorno

[3]¿0 sería Atanasio?

[4]Reau, L.

[5]La Biblia. Introducción a Números

[6]Los israelitas entran en Canaán, la Tierra Prometida, por la frontera este, formada por el río Jordán. Compárese el itinerario cosmogónico con las pautas del bautismo, una vez más.

[7]Visiones apocalípticas en la Edad Media

[8]Juan Unay, Libro de los grandes hechos, en Guadalajara Medina

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